VEREDAS

“Y mientras él crezca
  crecerá también . . .”
                    Daniel Viglietti.

A las cinco de la mañana, oyó a su madre que, trasteando, preparaba el desayuno, y antes de los Julito. Julito. ¡JULIO! ¡Levántate!, decidió hacerlo. Salió de la modesta casa para lavarse, oler la mar cercana, y mirar cómo pintaba el sol que ya aparecería. Con el “buenos días, má” se sentó a la mesa y con el café terminó de despertar. Susana, le acarició la cabeza, era de pocas palabras, pero adoraba a su hijo. A pesar de la tensión y la angustia de los últimos días, Julio, había soñado a pierna suelta. Vivían solos desde que su hermano había partido a la ciudad grande a estudiar; del padre no se hablaba en esa casa.
-Toma este dinero y cuando salgas de la escuela, te pasas por el pueblo: compras azúcar y harina, no se te olvide: es para tu pastel, ah, y te compras un dulce, nada más que uno, porque tú, por los dulces, venderías el alma. Me traes lo que sobre, ¡entendido! – amenazó Susana dulcemente- ¡Quince años, Julio, quince! Pasado mañana serás un hombre- remató orgullosa. –Mamá- rezongó Julio –  ya soy un hombre.
Se despidieron en la puerta mientras Susana alimentaba a las dos humildes gallinas. El muchacho tomó rumbo a la escuela. A unos pasos, lo detuvo un grito: - ¿Y la bolsa? ¿Cómo vas a ir a estudiar sin libros ni cuadernos? Dios mío, dónde tienes la cabeza. Te puse un frasco con agua, que no se te rompa.-
Julio, caminó con una sonrisa; era el cuento de todas las mañanas; una forma del amor.
Le gustaba la escuela, se asombraba de lo que no sabía: de las letras unidas, de la luz, de la historia que el maestro contaba como cuentos, de su inmenso y pequeño país que empezaba en todas partes, como la mar. Antes de todo, no había posibilidad; lo tenía clarísimo; pero la escuela le gustaba más desde hacía 17 días exactos, cuando en el salón de clases apareció, como una flor – se decía- la niña de sus ojos: Celia. A esa edad, tú lo sabes, todo sonríe. Se desvió del camino por la vereda que le enseñó su hermano: - Es un atajo y además es secreto- le había dicho José.  Ahí, sacó su pequeña navaja para continuar el tatuaje de un árbol: un corazón y dos letras, C y J. En eso estaba cuando el sol le llevó un parpadeo. Curioso, se dejó guiar: descubrió una mochila de campaña con un pavoroso cuchillo a un costado – el reflejo-, varios metros de cuerda de un material que nunca había visto, y sangre, mucha sangre. Asustado, intentó correr, no pudo: había un rastro evidente de curiosidad. Lo siguió. A unos metros, un rifle inútil le aventó el pulso. Más adelante, escondido torpemente, miró el cuerpo de un hombre y a su lado una pistola. Parecía muerto, acaso en desmayo. Con la nerviosa rama de un árbol apartó la  pistola del hombre; la tomó con las dos manos. - ¡Qué fría está, coño! – pensaba, cuando oyó un quejido. Sin saber por qué, se fajó el arma, y con la rama, quitó la hojarasca que semiescondía al hombre. –Ayúdame, ayuda- escuchó, mientras descubría el hueso salido de la rodilla en una pierna. –Igual que las láminas del cuerpo humano que nos enseñó el maestro, pero se ve horrible- pensó. La mano derecha del hombre, destrozada, extrañamente lo tranquilizó. El herido intentó levantarse. Julio, brincó hacia atrás con la pistola entre las manos, tembloroso.
– Tengo sed, tengo sed. Ayúdame-  El muchacho le acercó el frasco que le había dado Susana. El hombre le atenazó el brazo: -te agarré, son of a bitch-  Julio, gritó en silencio menos con miedo que con rabia. Tratando de zafarse, golpeó en la herida del hombre y éste,  con un aullido, lo soltó. Por la fuerza de las cosas, el joven salió disparado hacia una piedra que le abrió una herida en la cabeza con su sangre escandalosa. Se desvaneció por un segundo. Indignado, se levantó con el arma en la mano. No dijo nada. Con su pequeña navaja hizo un girón de su camisa, se cubrió la herida, apuntó el arma, y miró.
Miró al hombre desde todos los siglos, con los vientos presentidos de ese instante, con la rabia calma que no sabía, con las letras de la escuela, y disparó al aire. Después del eco, los pájaros, curiosos, regresaron a sus ramas.
- Si me vuelve a atacar, le meto una bala- dijo Julio, mientras trataba que su voz ocultara el tremendo dolor en el brazo que le había causado el arma.
Fue inútil, el hombre se había desmayado. Julio, fue hacia la mochila y, con el enorme  cuchillo, cortó varias ramas fuertes, las devanó, y bajo ese sol sediento, improvisó con ramas y pedazos de la cuerda una camilla. No se sabe cómo, pero logró subir al hombre; con prudencia, lo ató. Tomó el frasco de agua que por fortuna no se había roto. Intentó beber: -No, se dijo, él lo necesita más que yo-
Recogió la mochila, el rifle y la bolsa con sus libros y cuadernos; los puso en la camilla tratando de no lastimar al herido. Empezó a arrastrarlo odiando el maldito atajo que le había enseñado su hermano. Por fin, llegó al camino, le dolía la cabeza; se tocó la herida que, pegajosa, le recordó el azúcar que le había encargado Susana. Y caminó, caminó, arrastrando la pesada carga. Por momentos, caía, derrotado por el esfuerzo, pero Celia y la escuela lo levantaban. Tenía sed, tanta sed. Quince años siguieron arrastrando la camilla. En una de tantas paradas, el herido habló. –Mira, discúlpame, te confundiste, no te quería atacar-En el silencio de Julio, sólo se escuchaba el rumor de las olas. –Tengo sed, sed- dijo el hombre. El muchacho mojó un pedazo de su camisa y la puso en los labios del hombre:-Con este sol, dice mi madre que no hay que beber de prisa- recordó Julio.
-Ayúdame. Ayúdame. En la mochila traigo una libreta con direcciones de unos amigos y dos mil dólares; llámalos y el dinero es tuyo si me ayudas.-
Sólo se oyó el silencio del arrastre en el camino. La palabrería continuó: -También, en la mochila, traigo chocolates, son tuyos-  En ese momento, la camilla se detuvo, Julio, cortó un pedazo de cuerda y ató con fuerza la mochila para que su curiosidad no entrara.Caminó, Julio, caminó. A cada paso, el herido pesaba más. –No lo voy a dejar morir. No lo voy a dejar morir – se repetía como un pájaro. El sudor le dolía, las moscas, esos insectos miserables, le avanzaban en la cara. Las manos lo lastimaban sin piedad. Y Julio caía, se levantaba y caía. Y caminaba, caminaba.  En medio de su pulso cansado, la herida en la cabeza empezó a sangrar de nuevo; se ajustó el girón que la cubría; le gritó al sol y caminó con su carga por un tiempo infinito. El sol, el sol. Por fin, el poblado descubrió al muchacho y su camilla. La imagen era extraña: un jovencito demacrado, herido, lleno de polvo, con la espalda al descubierto latigueada por el sol, arrastrando una carga sanguinolenta y pesada, muy pesada. Varios lo intentaron ayudar, pero la mirada del muchacho imponía un respeto sin palabras. Llegó a donde iba, depositó con cuidado la camilla en tierra. Se tocó la herida, el girón en la cabeza, lo que nunca olvidaría, y miró al  responsable de la Revolución en el pueblo. Después de algunas palabras, Julio, hizo la pregunta: ¿qué va a pasar con él?-
- Primero, hay que curarlo – respondió el capitán-, después se le juzgará por invadir nuestra Patria. Se permitirá que se defienda. Después . . . no sé. ¿Eres el hijo de la compañera Susana, verdad? ¿Tú, qué harías? – 
-Lo fusilaría- contestó sin rencor, con la calma del árbol.
Desde la camilla, el invasor y sus heridas se volvieron pregunta. Julio, se acercó sin bajar la mirada, sin parpadear: -Desde que vi su mochila, las botas nuevas, el fusil y la pistola, supe quién y qué era usted. Lo ayudé,  porque lo vi herido y en desgracia; ya está a salvo. Ahora, lo juzgo por traidor, por querer destruir mi casa.-
No dijo nada más. Tomó rumbo hacia el mercado. De pronto, temeroso, apresuró el paso mientras inventaba el cuento que le iba a echar a su madre ´para no preocuparla y ante el previsible coscorrón por no haber ido a la escuela y además: – Si le digo que no compré ni azúcar ni harina, me mata-pensó mientras corría.
Jorge Rodríguez.

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