Caleidoscopio.

“No sé para qué volviste,  
 si ya empezaba a olvidar”

Desde hace algunos meses, tal vez años, no lo sé, mi memoria es frágil: noté que el sonido  de la lluvia cuando abraza la tierra,olía a la almohada cuando, dolientes, extrañamos tu cabello. Otra vez, a lo lejos, me pareció vislumbrar tu mirada en los colores de las frutas del mercado. De pronto y con frecuencia, tu risa, esa risa forestal, salía de algunas bocas que su rostro te olvidaba. No lo vas a creer, pero tu caminar sereno, retumbaba en los pies de las muchachas en flor; en los pasos de cuando le reímos a un te quiero. De mis sueños nada digo, aunque a veces no me dejas dormir y por eso estoy tan flaco. No menciono las canciones y poemas que saben de tu aliento. En algunas ocasiones una esquina repetía tu nombre, y yo corría, corría, desfogado, pero, al dar la vuelta; mi sombra se burlaba. Y me decía, para espantarme más -“Son fantasmas. Olvida, olvida. Ya, ya, fue hace años; aquello no está; aunque te siga por todas partes-“.  Desde hace tiempo.
Pero, como nada entiendo de las bromas de la memoria; te cuento:  el viernes, a la una y siete minutos de la tarde – sé de tu amor a lo preciso- mientras esperaba el transporte hacia la bestia que carcome, la fábrica; sentado en la banqueta, leía a Gorostiza: “Lleno de mí, sitiado en mi epidermis . . .”. Entonces, me di cuenta que un perro se acercaba: tenía el hocico lleno de espuma, caminaba como un borracho, de esos tristes que se caen. Con miedo, mucho miedo, decidí que era inútil levantarme, tú sabes, mis piernas no son lo mismo; esperé. El perro, no intentó atacarme. Me miró, me miró, con el por qué más terrible que he visto en mis años. Se echó sobre la calle, con el tremendo sol al que nada le importa, resoplaba. El libro se resbaló en el asfalto. El animal, tirado, inerme ante los minutos escasos, movía sus patas, menos con angustia que con valor. Intentó ponerse de pie, no pudo. Yo, cobarde, ante esa espuma que me aterraba, no me pude mover. El perro sabía lo que no sé. Intentaba levantarse a pesar de todo. Quería respirar los segundos maravillosos que veía, que se escapaban; tal vez sus recuerdos, no lo sé. Y . . .murió. Ahí, a un metro de lo que soy, dejó de existir. Lloré, sin lágrimas, con ese silencio atroz que carcome. Lo miré, tendido, ahí, entre la gente que pasaba sin que le importara una muerte más. Luché por no hacerlo, pero vi el cadáver, me dolió su muerte sola y desesperada como todas. A lo lejos, desde muy lejos, escuché una risa que nada sabía de otra tragedia cotidiana en la calle. Y, no sé, pero entendí que ese perro, ese ser que nunca vi, del que nada supe, me enseñó, que en este laberinto, a veces, siempre: no hay fantasmas, que la vida se agarra, se cuida, se respira, así como la memoria de mis días.
Jorge Rodríguez.

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