Cinco minutos
“Sube a nacer conmigo, hermano”    
                                   Pablo Neruda.

                        A Joan Alison Jara

Ahí, ante el césped pleno del estadio, con las costillas fracturadas, con las heridas de sus compañeros y el temor; murmuraba un canto. Acaso recordaba sus pasos por las calles de Stratford-upon-Avon que celebraba a Shakespeare. A pesar de la hostilidad en su infancia, su mirada lo llevó al asombro. Sin saber, bien a bien, las canciones y la lucha por sobrevivir de su madre lo vistieron de colores; de esos que nada saben de ausencia. La pobreza le habló sobre la dignidad de todos.  Memoró el pequeño abecedario que se nutre de infinito. Descubrió que el movimiento labra el viento. Un dolor tremendo lo regresó a mirar el césped. No se había dado cuenta que sangraba. – No te muevas, respira tranquilo – le dijo un compañero con su brazo roto.  Secuestrado por la traición, entre miles en ese estadio infame;  miró sus recuerdos, su vida, para envidia de la muerte “que ya aparecería”:  la compañera maravillosa de sus días, sus hijas, sus compañeros militantes; su extraña noción de la dirección teatral (sin gritos, agresiones, que miman el siniestro poder); su canto.  Miró los miles de caminos recorridos para buscar la poesía heredada por el pueblo que, peligrosa, hablaba de verdades, de cambio, de protesta;  se reía de los versos edulcorados que comparten la nada. Acaso recordó sus canciones que se cantaban entre la esperanza de la esperanza.
Ahí, después del golpe traicionero, con las balas malditas, tanques, metralletas; los asesinos, esas hienas, se burlaban. Trataban de asustarlo. Sí, tenía miedo. Lo golpearon, una y otra vez. Él, miró de frente a la muerte, sabía del tiempo, de instantes y minutos que busca la respiración; sabía. Cuando la garra se acercó, ahí, en medio del horror;  él, Víctor Jara, la venció con la vida, el amor; un poema:
¡Canto qué mal me sales
cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto.
De verme entre tanto y tantos
momentos del infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
La muerte y sus asesinos no entienden por qué, hoy, en tantas fábricas de Chile, del mundo: una obrera; una sonrisa ancha, con la lluvia en el pelo; saben que, en cinco minutos . . . la vida es eterna.
Jorge Rodríguez.

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