Un día
"Si no creyera en el delirio,
si no creyera en la esperanza".
Silvio Rodríguez.
                                                     
Me desperté a las seis de la mañana con una maldición en las entrañas. Luego del trabajo siempre me ataca el insomnio; así que sólo dos horas de sueño precedían a esa claridad. Me sentí desmadejado, triste, cansado. La sábana estaba húmeda a pesar del frío. Decidí levantarme, - como siempre- primero con el pie izquierdo al piso, para retar a las estupideces de la suerte. –¿Por qué desperté tan temprano?- me dije a la mitad del agua que caía sobre mis huesos. Salí del baño y me senté en la cama, el único mueble en donde habito, para terminar de secarme. Traté, traté, pero la toalla no sabía qué hacer ante tanta humedad. Empapada, la llevé al baño. Miré el espejo y vi el origen del peso de la tela: mis ojos lloraban, lloraban sin que me diera cuenta. No hice caso ante la suposición de que dormí intranquilo y me lastimé los ojos. Tenía varias horas antes de la labor que me alimenta así que tomé mi libro debajo de la almohada y apareció, entre todas, esa página. Leí, con el mismo asombro de hace años:     “Soy un judío. ¿Es que un judío no tiene ojos? ¿Es que un judío no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos y pasiones? ¿Es que no está nutrido de los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado con los mismos medios, calentado por el mismo verano y por el mismo invierno que un cristiano? Si nos hieres ¿no sangramos? Si nos haces cosquillas ¿no nos reímos? Si nos envenenas ¿no morimos?”Palestina.
 -Qué extraño – pensé al cerrar las páginas con la tristeza triste  y las paradojas de Shakespeare sobre los asesinos. De ese, enorme, que siempre nos explica. El cansancio me abrumó. Dormí cuatro horas. Angustiado,  me desperté. Salí lo más rápido que pude: las llaves, el uniforme, la mochila, el gafete para entrar a la fábrica, la cartera con el dinero escaso, la gorra. Como siempre, regresé para constatar que había cerrado bien la puerta y el agua para la sed de la planta que me espera. Caminé a grandes pasos. No digo corrí, porque la vida tiene sus circunstancias. Miraba el reloj: -tengo tiempo, tengo tiempo- Al llegar a la tienda para comprar la botella de agua que me salva y los cigarros que me matan, no me di cuenta que el edificio que la abrigaba había desparecido. La bella joven encargada, con sus tatuajes de estrella en los hombros, dijo: - Está raro el día, ¿no?-  No recuerdo que le dije por la urgencia. Caminé hacia el puesto de frutas para llevar dos guayabas, un plátano y algún durazno: no estaba. Los vendedores de ropa usada parecían estatuas, de esas torpes que no hablan; Botero.  Seguí la ruta: los dos árboles que se abrazan; el poste de luz que funciona en el día y se apaga de noche; la mitad de la calle; habían desaparecido. Mis ojos se nublaron. Otra vez, ¡carajo!, lloraba sin saber. Y, en una esquina, de pronto, como si me hubiera golpeado contra una pared invisible de granito; comprendí. Entendí y me entendí por qué todo desaparecía. Era yo, era yo, que quería borrarme de este mundo, que todo desapareciera, que no era posible tanta mierda. Y me surgió un odio que incendia. Me supe miserable, cobarde, miedoso, traidor –no, no, traidor no-, impotente. Que nada valía la pena. Que la humanidad silenciosa ante la muerte merecía no estar.  La pared de granito me había recordado la fotografía de un cobarde sionista que, con un fusil pavoroso,  amenazaba a un niño y a sus ojos nuevos, inocentes, ahora llenos de terror. Sus ojos, sus ojos, ¡carajo! “Si nos hieres ¿no sangramos?”.Me senté en la banqueta a la espera del transporte a la fábrica - la enajenación se vuelve costumbre-  mientras pensaba que todas las tristezas de mi mundo no eran nada. Lloraba para dentro: esa rabia que carcome más. De pronto, una niña de seis o siete años, atravesó imprudentemente la calle. Un vehículo se dirigía hacia ella. No había tiempo de frenar. El automóvil la iba a embestir. Una señora. Una mujer, soltó la mano de su hijo. Corrió. Se interpuso entre el vicario de  la muerte. Tomó a la niña entre sus brazos. Cayeron. Todo se detuvo. El automóvil huyó. La señora se quitó el polvo de la calle con algunos raspones en los brazos y rodillas. La niña, salva, abrazó las piernas de la señora con el silencio de todas las palabras. Empezó a llover, despacio, con prudencia. Y los árboles, el puesto de frutas, postes, calles y edificios, reaparecieron con ese color que tú sabes.
Jorge Rodríguez.


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