MIRADAS En el hospital, después de la tremenda golpiza, Ramiro, resucitó de entre los muertos. Intentó moverse, pero el dolor lo taladraba más que el desamor de Julia. Abrió un ojo, el único que le habían dejado. Por esa rendija, percibió una sombra atroz. -Buenas tardes, licenciado Ramírez. Soy el comandante Tomás Cervera, de la Policía Judicial. ¿Lo desperté?- Ramiro, quiso mandarlo a chingar a su madre, no pudo: los alambres alrededor de la mandíbula lo salvaron. - ¡Ah, que mi licenciado. Mire cómo me lo dejaron! Tuvo suerte, gracias a que unos elementos de la corporación se dieron cuenta y lograron que huyeran esos cabrones, si no; lo matan.- resopló- , pero, no se preocupe, los vamos a agarrar y les caerá todo el peso de la ley. – Ramiro, sabía de memoria el discurso infame. Conocía el procedimiento policíaco. El judicial tomó una silla, sacó una cajetilla de cigarros: -¿Fuma?- Mientras encendía el cigarrillo, continuó con su monólogo: - Hay algo que no entiendo de personas como...
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