Terrores
                          “¿Qué delito he cometido contra                                vosotros naciendo?”                                
   Calderón de la Barca

La tarde anterior entre el trasteo de sus escasas pertenencias oyó la pregunta que esperaba: ¿Aguantarás, el viaje es muy largo y peligroso?- Desde su estatura de nueve años, Daniel, contestó: -Ya soy grande, papá-. Estaba listo para partir. Se había forjado a golpes de pobreza rascándole a la vida y la alegría su infancia, en medio de la demolición de su pueblo, de su país. Creció, como todos los niños de su comunidad, con los juguetes antiguos que pertenecieron a sus ancestros: el viejo árbol que se dejaba trepar; la enorme piedra extrañamente azul que se prestaba a ser trampolín del río; las carreras de lagartijas a tiros de piedra; y en marzo, la guerra de papalotes en el cielo con sus consecuencias en los hilos de las manos. Era un niño feliz; sin saber, todavía. Sus pequeños amigos lo tomaban por valiente; él, se dejaba querer, pero tenía un secreto: le tenía terror al encierro y a la oscuridad. Su bisabuela, Susana, por la noche le daba un té de manzanilla y le contaba cuentos de la memoria: tejedura de lo nuestro. Daniel, adoraba a su bisabuela y dormía con las palabras que vencían sus miedos. Susana, sonreía ante el niño que dormía y salía a caminar la noche: hablaba sola y, a veces lloraba por un viejo amor mientras recogía hierbas: -con luz de estrellas se cocina mejor- se decía. Algunas noches, la vieja permanecía más tiempo junto a Daniel - el miedo tiene rabia- y contaba historias que a ella misma la sorprendían: como si las escuchara por primera vez mientras las hablaba. Y reían y reían y reían. Entre sus favoritas, les gustaba escuchar la de aquél guerrero que, ante el mundo en tinieblas, se arrojó a una hoguera para convertirse en el sol y vencer la oscuridad; esa forma del encierro. A Daniel, le gustaba más el mismo cuento, pero de otra manera: a dos guerreros, en un lugar remoto, se le dio la oportunidad de alumbrar el mundo, de olvidar las tinieblas, de convertirse en el Sol, si se arrojaban a una tremenda hoguera en medio de la nada y para siempre. Al más fuerte, al más ágil, al más inteligente, una voz le dijo: tú, primero. El joven, caballero águila, dudó, tuvo miedo, se congeló; entonces el otro: el feo, el segundo en todo, se arrojó al precipicio de las llamas. El primer guerrero comprendió, entendió su miedo, su espanto, el susto atroz ante su cobardía y también se arrojó a la hoguera. La voz convirtió a uno en el Sol, al otro en la Luna - con esa luz pálida para recordar su duda, su miedo-. Dos valerosos, distintos y tan iguales. Y Daniel dormía; y soñaba.                                                                                                                                  - Eso me contó  mi bisabuela- dijo en el recuerdo presente, mientras miraba el viejo árbol querido - No lloren, también tengo miedo. Miren, les voy a contar un cuento‑ alcanzó a decir Daniel desde la madurez de su atroz viaje, cuando la picana eléctrica ordenó ¡silencio!, mientras golpeaba la reja de la jaula de tres metros cuadrados en la que, encerrados, quince niños migrantes en los Estados Unidos de América, se preguntaban:   ¿Por qué?

Jorge Rodríguez.


Comentarios

Entradas más populares de este blog