OSCURIDAD.
“Puede matar a un hombre, 
pero no puede convertirlo
 en otra cosa”. 
Albert Antelme.

Ese día, el sol golpeaba a plomo, algo le dolía, pero ante la enorme distancia, impotente, lloraba.  A pesar de toda su luz, la sombra del campo de concentración, festinaba el terror. Los carceleros, los verdugos, pensaban en el triunfo, en celebraciones y libaciones de poder.  No, nunca saben: todo era una disminución del ser: una derrota humana. El “campo”, los campos, habían sido diseñados con una bestialidad metódica, casi pulcra, desde el lado más oscuro de la especie: el exterminio del otro. La crueldad de los verdugos, no sólo trataba de apresar, humillar, torturar, destrozar, violar, despedazar y despedazar, violar, destrozar, torturar, humillar y apresar el cuerpo de sus víctimas; de esos inocentes que se preguntaban ¿por qué? No, también era importante para esa bestia colectiva, partir la conciencia, el alma, los sueños, las esperanzas, las palabras, los recuerdos, los olores, las miradas, las canciones, la poesía –esa luz de los colores-, los amores y alegrías. Machacarlos, machacarlos, hasta que fueran nada, hasta que su espíritu, su resistencia, su humanidad fueran una cosa; un detalle imprudente: polvo eres y en polvo te convertirás. 
Por las noches y los días los verdugos se divertían disparando contra los indefensos. Apostaban: “¡Gané, hoy llevo tres mujeres y cuatro niños!”. La orden era cortar las raíces de su molestia. De borrar a esos seres que estorbaban su destino manifiesto. Los verdugos celebraban. En medio de la destrucción gritaban: “Nadie los vendrá a salvar” “Corran, corran, no van a llegar a ningún lado” “Están perdidos, son nuestros” “El mundo lo sabe y voltea la cara”. Los chacales, con la seguridad del odio, reían.
Y ahí, en el campo de concentración, estaba él: un joven judío, veinte años, con el dolor de la nostalgia por su Hanna. Ahí, en medio del horror. Ahí, escupió una maldición: era su cumpleaños. Desde niño, ese joven nervudo, odiaba una coincidencia: había nacido en la misma fecha en la que su bisabuelo fue torturado cruelmente hasta morir en otro campo de concentración; en otro holocausto.  Las fiestas de cumpleaños siempre lo amargaron por el luto que llevaba la familia ante aquella infamia que le dolía tanto. Tal vez por eso, sin comprender, él:  joven, judío,  soldado;había azotado, con más que odio  - con oscuridad-  la reja de la celda en donde encerró brutalmente a la niña de siete años que había lanzado una piedra en defensa de su amada Palestina.
Jorge Rodríguez.


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