MIRADAS
En el hospital, después de la tremenda golpiza, Ramiro, resucitó de entre los muertos. Intentó moverse, pero el dolor lo taladraba más que el desamor de Julia. Abrió un ojo, el único que le habían dejado. Por esa rendija, percibió una sombra atroz.
-Buenas tardes, licenciado Ramírez. Soy el comandante Tomás Cervera, de la Policía Judicial. ¿Lo desperté?-
Ramiro, quiso mandarlo a chingar a su madre, no pudo: los alambres alrededor de la mandíbula lo salvaron.
- ¡Ah, que mi licenciado. Mire cómo me lo dejaron! Tuvo suerte, gracias a que unos elementos de la corporación se dieron cuenta y lograron que huyeran esos cabrones, si no; lo matan.- resopló- , pero, no se preocupe, los vamos a agarrar y les caerá todo el peso de la ley. –
Ramiro, sabía de memoria el discurso infame. Conocía el procedimiento policíaco.
El judicial tomó una silla, sacó una cajetilla de cigarros: -¿Fuma?- Mientras encendía el cigarrillo, continuó con su monólogo: - Hay algo que no entiendo de personas como usted, licenciado. Discúlpeme, pero no lo entiendo. Usted, estudió en la Universidad, fue uno de los mejores de su generación, se recibió con honores; es un abogado famoso – dijo con un enojo fulgurante- ¡Usted podría ser rico! ¡Qué carajo hace defendiendo a esos pinches obreros mugrosos! – con un silbido de serpiente, continuó- ¿No sabe de qué lado está la Ley? – se recompuso- Está bien, ganaron el juicio, ¿y qué van a hacer esos mugrosos con todo ese dinero? Gastarlo en tragos y en putas, mientras usted, mírese, aquí, jodido- . El tipo se puso de pie, se acomodó la pistola para mostrarla, y con una actitud profesional, dijo: – Está bien, licenciado, quiero que vea todas estas fotografías para que reconozca a algunos de los que lo madrearon, regreso en dos horas-.
Ramiro Ramírez, abogado, sabía que, aunque pudiera pasar las páginas del álbum de fotografías, no podría reconocer a sus victimarios, y que unos días después, la Prensa gritaría: “¡ATRAPADOS LOS QUE INTENTARON MATAR AL ABOGADO RAMÍREZ! Varios tenían cuentas pendientes con la justicia”, etc.
Lo golpeó otro dolor por esos pobres inocentes. La enfermera entró a la habitación y Ramiro pensó que estaba muerto, que se encontraba en el infierno de los imbéciles:
- ¿Le duele todavía, abogado? No se preocupe, le voy a administrar otro “calmante”-
Mientras la inyección le hacía efecto, Ramiro, pensó en las palabras del judicial: ¡Usted podría ser rico! -¿Por qué no quise?- sonrió dentro. Memoró aquella tarde en la que, a los tres meses de obtener su título universitario, con todos los anhelos de la vida, le ofrecieron un trabajo en un despacho importante de abogados. –Voy a ser alguien. Litigar y una esposa, comprar una casa, viajar, mis hijos estudiando en el extranjero, y respeto, mucho respeto- se había dicho. Buscando los papeles fatigosos para el empleo: que el acta de nacimiento; que la cartilla del servicio militar; que el registro de Hacienda para los impuestos; que los certificados de estudios anteriores, que papel y más papel; encontró una pequeña caja con aquellas fotografías que había guardado su madre: “Cuando nos sentimos perdidos, la memoria es la alegría de lo que somos”, le decía su vieja. Miró las fotos de cuando bebé encuerado que aún lo avergonzaban; aquella de su primer amor, Tania Pérez, en la escuela primaria, esa, que nunca lo miró; la foto de una Navidad antes de que su padre huyera; el recuerdo de un tío misterioso del que nadie supo después de un octubre triste y olímpico; el papel memorioso de su último paso por la iglesia, con una vela y un traje horrible. Y la fotografía que no recordaba: en ella, se veía a un Ramiro, de cinco o seis años, con el marco del monumento a Juárez en la Alameda Central, de su amada Ciudad de México: tímido, acaso con miedo, con los ojos huyendo de la cámara, con la atroz mirada del no saber por dónde, y sin embargo, con un Si. Molesto, la arrojó dentro de la caja mientras pensaba que alguien, que una mirada, lo había descubierto desde niño. El azar, volátil, quiso que ese pedazo de papel cayera al revés. Detrás de su imagen, con un sello mal hecho, miró el nombre del fotógrafo y una dirección. Lo reconoció de inmediato y pensó en una coincidencia absurda. Sin embargo, durante sus primeros meses en el despacho de los abogados importantes, se dedicó a investigar, taladrando libros, periódicos, fotografías, para saber si fue aquél. Por fin, tuvo la certeza de que era él el que lo había fotografiado. Pero lo atacó una pregunta, después de asegurarse: quiso saber qué miraba el que lo había mirado. .
La fatiga y el dolor de la golpiza no derrotaron esa tarde de memoria: recordó las miles de imágenes que vio de aquél: ¿Qué miraba? ¿Qué carajo dicen esos ojos? ¿Qué ve, que no sé? Una noche, con la televisión, miró noticias de Chile; en una marcha en que miles soñaban libertad, en varias pancartas se repetía esa mirada que lo vio. Comprendió. Venció su imagen fotografiada hacía años, su temor; ahora sabía por dónde. Renunció a la importancia y al despacho.
En el hospital, después de la tremenda golpiza, Ramiro, resucitó de entre los muertos. Intentó moverse, pero el dolor lo taladraba más que el desamor de Julia. Abrió un ojo, el único que le habían dejado. Por esa rendija, percibió una sombra atroz.
-Buenas tardes, licenciado Ramírez. Soy el comandante Tomás Cervera, de la Policía Judicial. ¿Lo desperté?-
Ramiro, quiso mandarlo a chingar a su madre, no pudo: los alambres alrededor de la mandíbula lo salvaron.
- ¡Ah, que mi licenciado. Mire cómo me lo dejaron! Tuvo suerte, gracias a que unos elementos de la corporación se dieron cuenta y lograron que huyeran esos cabrones, si no; lo matan.- resopló- , pero, no se preocupe, los vamos a agarrar y les caerá todo el peso de la ley. –
Ramiro, sabía de memoria el discurso infame. Conocía el procedimiento policíaco.
El judicial tomó una silla, sacó una cajetilla de cigarros: -¿Fuma?- Mientras encendía el cigarrillo, continuó con su monólogo: - Hay algo que no entiendo de personas como usted, licenciado. Discúlpeme, pero no lo entiendo. Usted, estudió en la Universidad, fue uno de los mejores de su generación, se recibió con honores; es un abogado famoso – dijo con un enojo fulgurante- ¡Usted podría ser rico! ¡Qué carajo hace defendiendo a esos pinches obreros mugrosos! – con un silbido de serpiente, continuó- ¿No sabe de qué lado está la Ley? – se recompuso- Está bien, ganaron el juicio, ¿y qué van a hacer esos mugrosos con todo ese dinero? Gastarlo en tragos y en putas, mientras usted, mírese, aquí, jodido- . El tipo se puso de pie, se acomodó la pistola para mostrarla, y con una actitud profesional, dijo: – Está bien, licenciado, quiero que vea todas estas fotografías para que reconozca a algunos de los que lo madrearon, regreso en dos horas-.
Ramiro Ramírez, abogado, sabía que, aunque pudiera pasar las páginas del álbum de fotografías, no podría reconocer a sus victimarios, y que unos días después, la Prensa gritaría: “¡ATRAPADOS LOS QUE INTENTARON MATAR AL ABOGADO RAMÍREZ! Varios tenían cuentas pendientes con la justicia”, etc.
Lo golpeó otro dolor por esos pobres inocentes. La enfermera entró a la habitación y Ramiro pensó que estaba muerto, que se encontraba en el infierno de los imbéciles:
- ¿Le duele todavía, abogado? No se preocupe, le voy a administrar otro “calmante”-
Mientras la inyección le hacía efecto, Ramiro, pensó en las palabras del judicial: ¡Usted podría ser rico! -¿Por qué no quise?- sonrió dentro. Memoró aquella tarde en la que, a los tres meses de obtener su título universitario, con todos los anhelos de la vida, le ofrecieron un trabajo en un despacho importante de abogados. –Voy a ser alguien. Litigar y una esposa, comprar una casa, viajar, mis hijos estudiando en el extranjero, y respeto, mucho respeto- se había dicho. Buscando los papeles fatigosos para el empleo: que el acta de nacimiento; que la cartilla del servicio militar; que el registro de Hacienda para los impuestos; que los certificados de estudios anteriores, que papel y más papel; encontró una pequeña caja con aquellas fotografías que había guardado su madre: “Cuando nos sentimos perdidos, la memoria es la alegría de lo que somos”, le decía su vieja. Miró las fotos de cuando bebé encuerado que aún lo avergonzaban; aquella de su primer amor, Tania Pérez, en la escuela primaria, esa, que nunca lo miró; la foto de una Navidad antes de que su padre huyera; el recuerdo de un tío misterioso del que nadie supo después de un octubre triste y olímpico; el papel memorioso de su último paso por la iglesia, con una vela y un traje horrible. Y la fotografía que no recordaba: en ella, se veía a un Ramiro, de cinco o seis años, con el marco del monumento a Juárez en la Alameda Central, de su amada Ciudad de México: tímido, acaso con miedo, con los ojos huyendo de la cámara, con la atroz mirada del no saber por dónde, y sin embargo, con un Si. Molesto, la arrojó dentro de la caja mientras pensaba que alguien, que una mirada, lo había descubierto desde niño. El azar, volátil, quiso que ese pedazo de papel cayera al revés. Detrás de su imagen, con un sello mal hecho, miró el nombre del fotógrafo y una dirección. Lo reconoció de inmediato y pensó en una coincidencia absurda. Sin embargo, durante sus primeros meses en el despacho de los abogados importantes, se dedicó a investigar, taladrando libros, periódicos, fotografías, para saber si fue aquél. Por fin, tuvo la certeza de que era él el que lo había fotografiado. Pero lo atacó una pregunta, después de asegurarse: quiso saber qué miraba el que lo había mirado. .
La fatiga y el dolor de la golpiza no derrotaron esa tarde de memoria: recordó las miles de imágenes que vio de aquél: ¿Qué miraba? ¿Qué carajo dicen esos ojos? ¿Qué ve, que no sé? Una noche, con la televisión, miró noticias de Chile; en una marcha en que miles soñaban libertad, en varias pancartas se repetía esa mirada que lo vio. Comprendió. Venció su imagen fotografiada hacía años, su temor; ahora sabía por dónde. Renunció a la importancia y al despacho.
Después de tres horas, el policía judicial, ensució nuevamente la habitación. -¿Reconoció a alguien, licenciado?-
Ramiro, no lo miró. Sabía que había reconocido a alguien desde hacía muchos años. Al hombre que, con una cámara Retina de 35 mm, le mostró la vida en la Alameda Central a sus cinco años. Al papel con su imagen de niño asustado, que, al envés, decía: Ernesto Guevara Serna, fotógrafo.
Jorge Rodríguez.
Ramiro, no lo miró. Sabía que había reconocido a alguien desde hacía muchos años. Al hombre que, con una cámara Retina de 35 mm, le mostró la vida en la Alameda Central a sus cinco años. Al papel con su imagen de niño asustado, que, al envés, decía: Ernesto Guevara Serna, fotógrafo.
Jorge Rodríguez.
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