MIR
Hoy, recordé a Miguel. Nunca lo vi, pero sé de las llamas de
su esperanza. Un compañero me contó
sobre cómo miraba la alegría; sobre sus invenciones de mañana. Él, joven, tenía
la extraña visión – miraba-, que la vida es para todos. Era rara su sonrisa
transparente. Miguel, miraba flores, aves y memorias; miraba las alarmas de los
amaneceres que gritan para que los veas. Miraba y abría su voz para inventar
los recuerdos del porvenir; para cantar, acaso sin saber,que las noches se
comparten. Leía a Neruda. Aunque tímido, calmaba el frio con el abrazo y la
mirada de su gente.
Un septiembre, el
noveno círculo del infierno, vomitó balas, aviones, masacres y traiciones. La
oscuridad asesinó a su pueblo y a un presidente noble. Él, miró la fotografía
de los buitres, títeres de la infamia que, cínicos, hablaban de orden y paz, en
medio de la muerte, y acaso se preguntó:
¿por qué el asesino, sentado entre sus cómplices, usa lentes negros? – Coño,
huevón, ni siquiera tiene, es un cobarde-
Miguel, salió a la
vida, a defender la esperanza. Ahí, acaso, presintió un poema y “tuvo un odio y
una vergüenza, niños mendigos de la madrugada, y el deseo de cambiar cada
cuerda por un saco de balas”.Así fue. Empezó la resistencia. Lo buscaron y
rebuscaron. Un día, junto a su compañera embarazada, cientos de asesinos,
miedosos, espantados, mediocres; lo encontraron: metralletas, fusiles, tanques, helicópteros, gritos, sevicia, cobardía y
muerte, lo rodearon. Miguel, pensó -¿Tantos contra dos?- Tal vez sonreía cuando no aceptó rendirse
ante la mierda. Los asesinos dicen que lo mataron, pendejos. Luego, en otro
septiembre, los titiriteros, en un día parecido,
vomitaron aviones, masacre, traición, contra su propio pueblo. A saber.
Hoy, recordé a Miguel, su llama; de apellido, Enríquez.
Hoy, recordé a Miguel, su llama; de apellido, Enríquez.
Jorge Rodríguez.
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