Lucha,
libre.
“No
es que quieras y no puedas”.
Santiago
Feliú.
A
Arsacio Vanegas
El maldito despertador sonó a las seis en punto de
la mañana. Su cuerpo se negaba a levantarse, a despertar. Era lunes. Todo el
domingo estuvo recostado, lamiéndose los golpes del trabajo del día anterior.
Era un profesional de la lucha libre:-de algo hay que vivir – se decía. En
aquellos años, ese deporte serio, no como las payasadas actuales, causaba
heridas internas, dolores, acaso fracturas. En un ring, cuadrilátero, “a dos de
tres caídas, sin límite de tiempo”, la lucha libre y sus personajes, tenía
todos los elementos mágicos del teatro, del melodrama; acaso de la vida: el
bien contra el mal, la posibilidad de vencer para que, al menos en veinte
minutos, los luchadores fueran los héroes de un público ansioso de lo justo;
para la revancha; catarsis, pues, que diría Aristóteles. Algunos luchadores
portaban máscaras para acentuar el misterio, eran los “buenos”, los que debían
ganar siempre. Él, sin máscara, formaba parte de los “malos”, esos, a los que
el público trataba a mentadas de madre, monedas arrojadas al rostro y
escupitajos. –De algo hay que vivir- se refugiaba, contando los escasos billetes que le pagaba
el empresario. Esa mañana, la pereza perdió al recordar los pagos de la escuela
de sus sobrinos, el recibo de la luz, la visita al mercado que no alimenta sin
dinero. Se levantó. Su hermana, Irma, lo regañó amorosamente, como siempre: -
Mira cómo te pusieron, pareces Cristo- . Desayunó un huevo con frijoles, dos
tortillas y un jugo de naranja. Tomó su bolsa para recorrer las sesenta cuadras
que lo separaban del gimnasio. –Me
hago viejo. Si no entreno, en la próxima lucha me va a llevar la chingada-
pensó. Antes de cerrar la puerta, Irma, le gritó: acuérdate que Maritoña te va
a ir a buscar hoy. Arsacio, salió al
frío de la Ciudad de México, silbó una melodía de José Alfredo: un mundo raro;
y caminó hacia el gimnasio pestilente. Alguien, un poeta, escribió: “uno no
sabe nunca nada”; y eso, es parte de la maravillosa vida que le toca a algunos:
coincidir.
En el gimnasio, después del linimento y calentar los
músculos, mientras entrenaba con un compañero las “llaves” necesarias del
deporte: -aquí, la “desnucadora”; ésta, la “rompehuesos”, el “salto sobre las
cuerdas”; alguien le gritó: Kid Vanegas, -“ai” le hablan, es una mujer--; y los
silbidos y las bromas lo acompañaron a la salida del lugar.Afuera, mientras
veía los ojos imposibles de María Antonia escuchó:-Mira, Arsacio, te quiero presentar
a una persona.- Miró al hombre, parecía un gigante, más de uno ochenta de
estatura: -Éste, en el ring me mata- pensó. El hombre le extendió una mano
cálida, haciendo honor al saludo: sin armas, y le dijo: ¿me acompañas a
caminar, quiero pedirte un favor?
“-Te juro, Jorge- me contó años después - que en una
hora, le dimos varias veces la vuelta a
la manzana, a mi mundo,al gimnasio; ahí, por el “Salto del Agua”. Me convenció
para que entrenara en defensa personala
un grupo extraño. Me habló de Zapata, de Villa, de la Revolución Mexicana. Carajo,
sabía más que yo de la historia de México. Me contó de Cuba, de la libertad,
del sol de esa Isla, de la Revolución. Y habló, habló y habló: y dije, sí;y dije
sí, en sólo una hora, en sólo una”
“Entrenamos duramente muchos meses. Mi abuelo me
había contado sobre la Revolución Mexicana y eso no se hace con pendejadas. Había
dos flacos, chaparros como yo, pero, ¡ay!, carajo, en pocas semanas me vencían,
sobre todo el güerito, que era una piola para los madrazos. Claro, no todo era
entrenar, a veces íbamos a los tacos, a los toros, a mirar a las muchachas a la
Alameda Central. Hasta algunos de ellos agarraron un trabajo de extras en una
película de Tin-Tan. – Nos divertimos como enanos- me contó Juan.-”
Arsacio Vanegas, sonrió con el eco de ese día. Se
detuvo. Quiso hablar, no pudo; con una tremenda y rara tristeza, mezcla de
orgullo y no sé qué, llenó mi vaso de ron
para evitar las lágrimas. A señas, me mostró la imprenta de Vanegas Arroyo, su familiar,
el que publicaba los grabados maravillosos de José Guadalupe Posada contra el
dictador Porfirio Díaz. Ahí, me mostró la impresión de un cartel que decía: 26
de Julio. En un cuartucho, detrás de la casa de la calle Penitenciaría, me
mostró los catres en donde durmieron tantos mares, tantos sueños, tantas
verdades. Coincidir.
Hablamos, habló, durante horas. Me guardé la pregunta
hasta lastimarme el alma, no era preciso; Arsacio, recordó las palabras
dolorosas, lacerantes, amorosas, de un día de noviembre. “-Te pido otro esfuerzo extraordinario. Es importante, vital, que
te quedes en México, porque si algo pasa, quiero que entrenes a los que vendrán-Y
mira, sabía que tenía razón, -me dijo Arsacio-. Él, miraba mañana. Luego, nos
quedamos callados, y entonces, como esas despedidas que inventan el porvenir, Fidel,
me abrazó-.”
Salí de aquella casa borracho de todo, caminé por mi
amada Ciudad de México, miré a los madrugadores, a los que hacen el pan y la
vida, a los que levantan el alba. Y entendí.
Jorge Rodríguez.
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