INSTANTES

Hace unas horas, mientras caminaba inventando preguntas, el tiempo se detuvo. Nada se oía, ni la sombra de un pájaro que vuela; el azul palidecía. El sol, angustiado, luchaba por verse. Me pareció que temblaba la tierra, pobre de mí, nada sabía. Las flores, celosas, como quiere un Poeta, se ocultaban. Seguí mis pasos; ¿qué más puedo perder?- me dije- Caminé no sé qué cuánto: ¿minutos, horas, días?, no lo sé. ¿Qué es y será el tiempo? ¿Una ilusión? En mi brazo izquierdo, el reloj no caminaba: las tres con veinte de la tarde, machacaba sin moverse. De pronto, en medio de una esquina, desde mi profunda ignorancia sobre las leyes de las causas, como quiere Borges; ella,ella, apareció. Busco una palabra distinta, no es posible: apareció. Ahí estaba; la mujer más hermosa que hay en la tierra. Transcurría por el camino con los símbolos de su turgencia, con su cabello suelto, libre; con su mirada de constelación; con su piel de durazno, con su sonrisa de mar, con sus pies alados. Mareado, me dio abrigo una pared antes del desmayo. Memoré a Fausto; “¡Detente, instante fugitivo” Quise hacer un pacto con Mefistófeles, pero, ¡ay!, sé que no existe el diablo ni dios – su cómplice-. La miré durante mucho tiempo, tal vez fueron segundos, no lo sé; no miento. Ella, con su belleza enamorante, levantó el vuelo, sus alas hacia la mar; lo juro: recorrí sus pasos y encontré arenillas con olor a olas. La vi, y para mi fortuna o desgracia, ella no me miró: sé que el relámpago de sus ojos me habría matado.

Jorge Rodríguez.

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