FLOR.
“Si miras todo el mundo negro,  asustes, es el color de otra llamarada”.
Esa mañana de 1955, se levantó tarareando a Billie Holiday. Miró a su alrededor sin queja, con la virtud de la pobreza digna, con la alegría de mirar su casa limpia. Preparó el desayuno acompañada por el pequeño radio que la bendecía con un Blues: ese canto infinito del dolor; esa voz en grito contra la esclavitud. Ella cantaba; pero tímida, lo hacía en silencio. Se desnudó para bañar su cuerpo negro: –como la noche y sus estrellas – se dijo entre risas. Se vistió, divertida; siempre se alegraba por las pausas y dudas al escoger la ropa de los días: “Es tan poca, por qué dudo; estoy loca” – mientras la casa se envolvía con los acordes telúricos de Robert Johnson, ese, que vendió su alma al diablo para conocer los secretos de la guitarra. Ella, Rosa, se llamaba y se llama, tomó las llaves de la casa y el escaso dinero para salir a trabajar. Ella, Rosa, caminó hacia la estación del autobús. Esperó varios minutos; recordó lo que le habían enseñado su padres, sus abuelos, sus ancestros, y miró.  Miró los barcos llenos de esclavos, encadenados y sufrientes, que habían sido secuestrados por la sinrazón de la ganancia. Miró los campos de algodón en donde la muerte celebró su trabajo bajo los rayos del tremendo sol. Miró a los que lograron escapar. Los más, atrapados, cazados, torturados, asesinados. Otros, libres, que, sobre las cenizas de sus muertos, inventaron la esperanza. Rosa, memoró las palabras de su bisabuela: nunca olvides, es tu talismán para un nuevo día. También la llamó a mirar la vida sin rencor.
Esa mañana, por fin llegó el transporte. Esperó a que primero subieran los “blancos”, faltaba más. Después ella, negra, delgada, Rosa, cruzó la puerta delantera para pagar al chofer, bajó del autobús para ascender nuevamente, esta vez, por la puerta trasera –la de los negros- , como es la democraciaen ese país. Habló con sus memorias mientras el autobús llegaba al lugar de trabajo. Toda la jornada sonrió. Como buena rosa, Rosa, desprendía colores; con sus ojos negros contaba historias de mañana: recuerdos del porvenir. Salió pensando en el descanso. Espero el transporte, mientras se escuchaba un blues desde una ventana, negra. El autobús arribó. Rosa, ascendió para pagar. Miró la raya en el piso; blanca y cobarde que, separaba los lugares de los pálidos de los de los negros, de los otros, incluidos mexicanos. Y ahí, ahí fue, en ese preciso y precioso instante, que ella, con su valentía inagotable, decidió sentarse en un lugar prohibido. Que no se rompa la memoria,  Ahí, sin más arma que la dignidad, en un acto tan sencillo como el infinito, Rosa Parks: negra, frágil, trabajadora, mujer; encendió la vida. Ahí, sentada, miró.

Jorge Rodríguez.


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