Dos más dos.
A Celia Spigariol. A Martha Lidia Ferreira, Teresa De Cillis, María Teresa Difalco, Elena Chautemps, Andre Negré.
A Todas y todos.   

El orden de los factores no altera el resultado.

Cuarenta y siete por ciento. Cuarenta y siete por ciento retumbó hasta acá. Con los números siempre tengo una relación respetuosa, pero distante. Comprendía lo elemental hasta que, en la escuela preparatoria, el maestro de matemáticas, el profesor Ávalos, que ojalá se pudra en el infierno, ponía a votación los resultados de los problemas de cálculo diferencial e integral, sin que importara que veinte imbéciles estuviéramos equivocados y tres en lo correcto.  Claro, todos los alumnos reprobábamos el examen final, pero la secuencia matemática de una botella de Bacardí  -“Cooperen entre cinco, muchachos, ustedes son de familia de bajos recursos”- reía, el miserable-  transformaba nuestras calificaciones, para envidia de Cantor, en una lluvia de seises, sietes y ochos –para las bonitas-. Después, con los años, por ahí tengo varias cicatrices, reventé muchas neuronas para entender las combinaciones, las intrincadas formas de la matemática en las que está escrito el Universo. Sé, que mi relación con los números no es la que me gustaría, pero algo entiendo. Cincuenta y tres por ciento, leí, mientras mi mano izquierda se cerraba; un puño. Algunas lágrimas alegres, también las hay: tres, cinco, ocho, tal vez, trece, acortaron la distancia entre este agosto y un mayo: esa Plaza. Mientras el transporte me llevaba a la fábrica, comprendí que, ese 47, no es un porcentaje de votos; es una medida de distancia; de algo que separa la dignidad, la esperanza, la sonrisa,  . . . . . . . . .de los buitres comemierda, de los traidores de lo humano, de los “heraldos de la muerte”. Trabajé con una contentura extraña. Al regresar al lugar que habito llovía un poco; el perro que me odiaba se acercó sonriendo; compartí el pan de mi cena; algo dijo, pero no entendí porque un relámpago alumbró la noche. Nos despedimos. Dormí, y por esa circunstancia que siempre agradezco, a veces, cuando las pesadillas no me hieren, soñé. Soñé que Daniel cantaba: “por mí, por ti, por aquél”. Soñé con ventanas  rotas, tapiadas, que extrañamente se recomponían. Soñé con Micaela, esa joven masacrada hace tiempo por el desalmado, sin alma, odio de las bestias; la soñé: reía. Soñé con un Santiago, con una María, con un Pedro y una Susana.  Soñé con una samba de Atahualpa, con un bandoneón que fracturaba la tristeza, con una bandera de sol, con eso que le dicen, esperanza. Soñé.                                                                                                                                     No sé la hora, pero me despertó un trueno en media madrugada; me levanté, olí la tierra mojada; escuché un tremendo aguacero. Abrí la puerta, miré la noche, estoy seguro que no me vas a creer, pero vi, lo juro, que en la Plaza de mayo, llovían miles de pañuelos blancos. Regresé a la sábana, me angustia no despertar a tiempo para ir a trabajar. Además vislumbré algo difícil –odio a Heisenberg-: ¡Cómo coño voy a entender!                              
             
                 (incertidumbre en la energía) x (incertidumbre en la vida media) < h / 2 pi

Jorge Rodríguez

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