DIEZ AÑOS

La madrugada le trajo el libro, “La Ilíada”.  Lo apartó. Cincuenta años después, todavía recordaba la pregunta de aquella primera lectura infantil que lo asechaba; esa duda cercana a la angustia de no entender. De niño, su padre, antes de partir, le descubrió dos tesoros: le enseñó a jugar ajedrez y a leer. –No leas sin pensar, pregunta, pregunta- le decía esa imagen borrosa que apenas recordaba. Ese niño nunca entendió por qué nunca lo dejó ganar entre alfiles, caballos, peones, damas y reyes, y mucho menos porque no celebraba, como él y sus pequeños amigos, cuando ganaban en el futbol callejero, sus triunfos: - Es duro,  muy duro, aprender a perder, pero es más difícil aprender a ganar; piensa, piensa, recuerda-.  Luego, esa sombra, se divorció de su madre, y, desapareció. Se sintió perdido, abandonado, solo, y preguntaba. Con los años, de tumbo en tumbo, sin saber, como a todos nos pasa: la vida le tejió amores, amigos, indiferencias, logros, derrotas en la tristeza, lecturas, algún traidor, la libertad del olor a durazno de una mujer; y la mirada de la mar: los otros.                                
La madrugada lo impulsó a retomar el libro; hacía frío. Ahí, en esa nueva lectura, por fin entendió: Ilión, la Guerra de Troya, lo abrió en mil pedazos. Comprendió que ese portento literario tenía desde siempre la respuesta: la mirada otra ante ese cuento, maravilloso. La diferencia ante los vencedores, esos depredadores, malditos: el ejército griego; invasores, soberbios, farsantes, que asediaron  a un pueblo, Troya, durante diez años, con el pretexto pueril del amor de Helena, tan calumniada por miles de años. Y él, con el tembloroso libro entre las manos – el niño, el joven, el viejo; pieles fundidas- recordó, mientras leía las palabras del soldado griego, el recuerdo de Tersites y su llanto rabioso.  Supo -entre el espanto- que esas lágrimas menguaron el dolor infringido por Ulises ante el azul de sus palabras. Comprendió que laceraron el rostro de un hombre cuando nadie entendía. Largo atrevimiento que escuchó Ilión: osadía más grande que la Odisea. Tersites, por primera vez, escupió un reto: un hombre común; del pueblo, de la soldadesca, protestó contra los reyes y generales; ahí, a las puertas de Troya, expuso los motivos de los desastres de la guerra, de la sangre de los de abajo para el oro de los pocos, de la necesidad de largarse a vivir la paz. Ahí, antes de la golpiza del fatuo Ulises para callar al insensato, gritó lo que nadie oye. Él, sobrelleva la calumnia, el silencio y el rencor ante ese acto irredento.  Homero y sus ecos, confirmarían el rito, la sevicia: “y vino a Ilión como el hombre más feo; pues era zambo y cojo de un pie,  y los dos hombros le eran, contraídos sobre el pecho, gibosos, y encima era de puntiaguda cabeza, y le crecía rara lana” ( Ilíada, libro II ). Jamás su reto será perdonado.
En ese duermevela la memoria de aquél le dolía más que la burla. La cobarde fortaleza de todos contra el uno; el informe. Miró - avergonzado -  las palabras llenas de sombra, las que hirieron más a aquél hombre qué, acaso,  nos pensó.  Leyó cuando Ulises, con la espada y el escudo quemaron el cuerpo de Tersites; el que llamó a la duda; que frente al poder dijo: no. Ulises hablaba para todos, para que entendiéramos a través de los siglos:  “... arengar no debías teniendo en tu boca a los reyes, y no debías proferirles injurias y espiar el regreso”.  Y la guerra de Troya terminó en masacre. Empezó el exilio del  rebelde. La esclavitud lo persigue.  ¿A dónde fue Tersites? La mañana lo despertó. Lejos, las risotadas de Agamenón se entrelazaban con los trabajos de la muerte en el campo de las guerras de hoy. El frío lo atenazó.  La sonrisa del agua, que lo acariciaba de niño, le ayudó a saber los colores de la flecha que le dividía el pecho. Los reyes y tiranos se divierten. Entonces, entendió, mezclándose con el aire, el olor de toda la sangre derramada por los señores de la muerte. Cerró la puerta del lugar donde dormía. La calle era majaderamente brillante. Caminó unos pasos para ir a la vida y, entonces,  lloró el llanto de Tersites con la sonrisa rebelde.
Jorge Rodríguez.



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