De la mar.
Perro Negro me condujo nuevamente a la
dársena, a ese lugar que lo marcaba tanto. No entendí: era la última vez.
Habían pasado algunos meses desde que lo conocí. En aquella tarde lejana el
calor era un herida. Caminé. Fue mi torpeza lo que me impidió darme cuenta que,
después de pedir una cerveza, el bar “El Desierto”, era uno de esos templos en
los que los fieles no hacen proselitismo, no abren temporadas de inscripción;
se dejan estar, siendo. Les ofende el individuo que invade, como turista gringo,
su zona mágica, su soledad respetable, el tiempo que se pausa. Ese fue mi caso.
Entendí que no saldría de ese lugar sin alguna cicatriz, si bien me iba. Desde
el silencio que precede a la agresión, se levantó un hombre, un gigante. Se
plantó junto a mí. Sus tremendos brazos y el enorme cuchillo me asustaron. Era
Perro Negro, un capitán de muchas naves, de puertos que nadie sabe, de
tormentas en la nada. El lugar entero esperaba mi próxima
demolición. Casi en un susurro me dijo – Ya llegaste, muchacho - , y como en
una fiesta sorpresa, todas las voces, ruidos, risotadas y confesiones, se
tragaron mi presencia o más bien, dejé de importarles: se preveía mi derrota.
Algo dije, temblando, la huida me espoleaba No recuerdo las primeras frases. Me
interesaba más descifrar el camino a la salida; aunque debo decir que, cuando
encontraba una palabra, un pretexto para escapar, el volumen del recinto
descendía; era tan palpable que de inmediato mi escape cedía lugar al pavor, a la parálisis. Todos esperaban
mi sangre. Conocían al viejo Capitán -Perro Negro -, con una mezcla de temor,
admiración, odio y envidia. Nunca entendí el porqué, pero ladró: - ¡qué, no me
vas a invitar un trago, muchacho! Ante la decepción de los parroquianos por
continuar vivo, lo miré con un sí. No sé cuántas cervezas y horas nos
alcanzaron, lo que casi recuerdo es que salimos a las tres de la mañana a mirar
desde la dársena. Tiempo después, supe que Perro Negro, hacía lo mismo desde quince años
atrás; excepto los sábados, domingos y los lunes de abril. Y siempre solo. Nunca
supe por qué decidió cambiar su paso y contarme sus historias sin golpearme.
Así,empezó algo que quiero nombrar; amistad. Después de esa noche intenté no
volver, pero la curiosidad y el rumor de las olas me llamaban. Perro Negro, desaparecía
durante días de“El Desierto”: mi necedad lo esperaba.
Así empezaron
nuestras caminatas por el muelle. Me contó viejas historias de cuando al
pueblo, hoy casi ciudad, sólo se podía llegar en mula o por la mar. Me contó sobre
el médico que inventó una pócima para la melancolía. Sobre la mujer que lloraba
quedo y gritaba en el mercado. Del loco del pueblo que recitaba a Rafael
Alberti y a Neruda, dos poetas de la mar. Hablaba para sí, de puertos extraños
que había tocado. Me llevaba por sus calles en otras ciudades, otros idiomas,
otras pieles; de siglos recorridos;de la
Guerra del Peloponeso; de la estupidez amorosa de Marco Antonio por Cleopatra;
de Robinson Crusoe - juraba que lo había conocido-; del capitán Ahab y su demonio
blanco; de La Alhambra, ese mar en medio de la tierra; de la tremenda y real historia
de una pequeña nave llamada Granma, que surcó la vida y la memoria: mar y
pulso. Nunca dudé: a ciertos marinos, la
verdad y el tiempo les importa un carajo. Y me contaba de la gente, dela misma
gente de todos los años. Y, aunque nunca lo dijo; hablaba de una mujer.
No me importó pensar si las historias eran
ciertas o exageradas. Perro Negro, hablaba con tal lentitud, con tal seguridad,
con tanta raíz como la que tienen los tránsfugas, que sentía que algo me
llamaba desde días lejanos. ¿Acaso presentí?, no lo sé. Pasaron los días en los
que de la extraña inquietud de las madrugadas, de aquellos soles nuevos, pasaba
al desconcierto de la dársena. Dejé los estudios que tenía que realizar; el
motivo de mi viaje, el pretexto para la paz, para mi soledad. En ese tiempo
pensaba en sinónimos. En esos días me di cuenta que cuando las olas gritaban
por la noche, Perro Negro, callaba y parecía que su cuerpo no existía. Sólo sus
ojos duros, con más vida que la vida, buscaban. No en la arena, sino en cada
esquina, en cada brillo de la mar, en cada sombra de las olas; como un animal
que a una señal busca en la noche para rugir. Comprendí que no buscaba, esperaba. Puedo decir que cuando
la marea hacía un claro, Perro Negro, era arrecife, estrella de mar, cangrejo o
barco. No, barco, no. Él ya no flotaba, miraba tanto a la mar que, descubrí,
que ese marino de tantas mares, lloraba una ausencia. Mirando las olas, la
melancolía brutal lo caminaba. Después, el cansancio de todos los hombres
reposaba en la mirada de ese infeliz. A las cinco en punto de la madrugada se
despedía, no sé el porqué de esa exactitud. Decía, a modo de adiós; no a mí,
sino a la mar: mañana.
Dicen
que la muerte es el principio de la vida o que la vida es estar muriendo a
pedazos. También dicen que la calma presagia al huracán: llega tarde o temprano
lo que esperas, lo que quieres, lo que intuyes, lo que temes. Así, la última
vez que lo miré, Perro Negro, habló como si nunca hubiese pronunciado una
palabra. Sus frases mataron mi ingenuidad, mi tontería. El ocaso de esa tarde tuvo algo de teatral. El sol desapareció dentro
del rumor de las olas; las estrellas con su luz removieron las arenas, los
presagios, mis nervios y los ojos inyectados de Perro Negro.
-
Hoy es el día, muchacho –dijo- mientras en la dársena, su
mano señalaba un barco imposible. Dos bufidos cercanos tronaron mientras
atenazaba mi brazo. - ¿La ves? ¡La ves! ¡Sus ojos! ¡La falda azul. Las piernas,
los labios, su palabra, sus manos! ¿La ves?-
-
¿A quién?- estúpido, hice la pregunta.
-
Ella, mujer de la mar, del olor del durazno; el sueño.-escuché.
Regresó al silencio. No volvió a
mirarme. Caminó despacio hacia la mar,
justo hasta que sintió en las manos la sal. Ahí permaneció mucho tiempo, pero
yo sabía que no estaba. Caminó otra vez, cubriéndose con las olas. Un relámpago
iluminó mi ceguera. En la mar, nada había, pero estaba todo.
Jorge Rodríguez.
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