CRÉEME
                                   A Vicente Feliú.

Bajo un tremendo aguacero, con un intenso frío, dos mil naranjas alumbraban la madrugada.  Revisó, por enésima vez, las provisiones antes de partir: algunos jamones rebanados, 48 latas de leche condensada, cajas de huevos escasas, cien tabletas de chocolate, varios kilos de pan, medicinas, otras cosas de metal necesarias y prudentes y; las naranjas. Desde niño entendió que la disciplina no sirve sin alma. Y él, sabía que el alma se nutre de esperanza, de sueños imposibles, de alegrías y rabias. Él sabía. Brincó sobre la madera para probar la resistencia que ya conocía: 13 metros con veinticinco centímetros, 4 metros con setenta y seis, más dos metros con 40 centímetros.
 -Madera, viene de madre, de raíz- acaso pensó.
 El aguacero se abrazaba con noviembre. El frío recalaba, enojado: no podía con el calor de los tripulantes. A pesar de todo, la tormenta ocultaba los movimientos en medio del río, “no hay mal que por bien no venga” – pensó alguien.
Llamó a la tripulación a descansar unos minutos: el viaje duraba mucho tiempo,  todos lo sabían. Algunas bromas rompieron la tremenda verdad que se aproximaba, mientras, él, se recostaba en la madera de la pequeña nave.  Dormitó poco tiempo, no se sabe cuánto, pero, a pesar del tremendo cansancio que acumulaban años, soñó:
Fue muy extraño. Tal vez por el sonido de las gotas del aguacero, escuchó miles de risas. Miró a niños en la escuela, felices, con los ojos asombrados al ver que  la A, la B, la C, eran de ellos. Por la rareza de ,los sueños, soñó un ejército imposible: los soldados, vestidos de blanco, no mataban, curaban heridas. Soñó con todo para todos, con música y danza, con tantas letras que eran luz; con la alegría de los sueños, coño.  Se le reveló un mapa, una cartografía del mundo. Sintió un trueno fuera del sueño y miró imágenes tremebundas de sangre, derrotas, traiciones, y lágrimas, muchas lágrimas, pero las gotas del aguacero, ahora risas infantiles, le permitieron saber que la siembra y la cosecha de aquella empresa no olvidaría lo mejor; seguir soñando. De pronto – del dormir nada se sabe-  lo alfiletearonenemigos torpes, ofensas, negaciones, majaderías. A lo lejos - qué es “lejos” en esos instantes- ,  sonrió,sonrió: soñaba con razón El tiempo extraño le trajo una melodía que murmuraba: “que soy feliz, abriendo una trinchera”. Y despertó en la luz de un relámpago.
Casi clareando, la pequeña y enorme embarcación se deslizó por el río cómplice: el agua sabe. Despacio, con paciencia, llegó a la mar. El sol apareció en el Golfo de México iluminando las naranjas.  Alguien gritó: ¡A Cuba! El médico dijo: ¡al futuro!
Miró las olas, la nave, los frutos de color: -Créeme, Ernesto, el futuro nos soñó hace rato – dijo Fidel, mientras el Granma caminaba.
Jorge Rodríguez.

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