BUDVA.

        “Búscame, donde sientas
que está ardiendo, 
                     donde se eternizan los recuerdos;
         donde no me encuentres.”
                                                        Santiago Feliú.

                A Nada Kokotovich,  por la memoria.


Hace tantos años, desde las murallas de la vieja ciudad, se me apareció eso que llaman “el sentimiento oceánico”: el asombro ante la inmensidad. Pero esa tarde no eran las estrellas de nuestra Vía Láctea, ni las galaxias que nos miran desde antes de saber que somos nosotros;  ni la luz que viaja, ni ese beso. Miraba uno de los espejos del Universo: la mar adriática. Ahí, con el azul que ama el sol, las olas titilaban. Ante las miríadas de reflejos se formaba un rompecabezas, un ajedrez, un dibujo que imponía su forma ante mi espanto ya enamorado: descubrí que era un tigre. La mar adriática, como todas, es como un animal feroz, bello, imposible y amoroso – pensé, sin saber lo que llegaba. Con ese sol tremendo, las preguntas de muchos de mis días retomaron la conversación: ¿Por qué la mar me llama tanto? ¿Por qué siempre te digo “la mar” y no, el mar? ¿Qué secreto imposible quieres que adivine? – casi grité. Desde esas murallas de siglos, preví, estoy acostumbrado: la mar, reía. Y yo, que nada sé, que no sé nada, ante esa olas de paz y violencias, también sonreí. Miraba.                                                                                                                                      
 Un susto de muerte me tocó la tercera costilla. Al voltear, vi que era un bastón cuya extensión era un hombre, viejo y joven; no lo sé, deslumbrado por el tigre y el sol. El hombre se acercó hasta casi tocarme. Nada decía. Sus ojos alertas, su rostro, su figura, eran como un mapa lleno de las cicatrices que da el tiempo que busca. No recuerdo mucho sobre el  principio de ese silencio. Incómodo, dije –buenas tardes- mientras mis pies trataban de huir. El hombre atajó mis pasos. -¿Viste al tigre, verdad?. No sé qué balbuceo inútil intentó  protegerme, me supe inmóvil. –Ven, asómate, mira- La mar adriática me envolvió. – Sabes por qué nos encontramos, no te vayas, para eso estás aquí. Escucha. La mar tiene caminos.-
Mientras el  hombre hablaba, con esa tristeza profunda que da el no estar ahí; vencí el miedo - nada podía hacer- a la piedra que acariciaba con dolor en su mano izquierda. Y escuché: - “Hace más de dos mil años, aquí, donde respiras hoy, había un pueblo: los Ilirios. Hubo, como siempre, una guerra estúpida, insensata, atroz y mediocre. Los tiranos de entonces, luchaban por esa extraña tontería que es el poder. Entre los Ilirios, reinaba Teuta; se enfrentaba a Roma. Entre los soldados que mueren en las guerras de conquista, a los que nada se les pregunta, no importan, se encontraba; él. Un joven enamorado de Harmonía – como la esposa de Kadmo, el fundador de Budva-, que fue obligado a separarse de la vida. El día que lo embarcó la guerra, Harmonía, con las tres gracias del amor,  le prometió escribir en una tablilla de arcilla, o en una piedra indestructible –afirmó-, una palabra; una palabra cada día, unas letras labradas por cada mañana que no estuvieran juntos; como un calendario de dos:   --Así, cuando regreses, leeremos los díasy reiremos de tu ausencia para tejer melodías-
En el trirreme, la velamen habló sobre el viento; era necesario partir.  Harmonía, agradeció la lejanía de la nave que ocultaba sus lágrimas. Ella, mujer, sabía más allá de todo. Él,puso en su pecho la tela roja que agitó en la despedida. Así fue. La guerra terminó, no importa de quién fue el triunfo: al final, todos perdemos.”-
El hombre detuvo su relato. Casi sin respirar; miró la mar en busca de fuerza o de piedad.¿Yo?, juro que escuché un rugido desde las olas. Él, alcanzó las palabras: -“Pasaron meses y Harmonía, labraba, escribía; esperaba que la palabra diaria escrita en la roca y la mar, regresara los ojos que la miraron una vez y para siempre.  Los romanos vencieron. La reina Teuta se suicidó tirándose desde un acantilado. Nada se supo de la suerte de Harmonía. Roma, como en tantas partes, destruyó monumentos, casas,rostros, piedras, tablillas, todo o lo que fuera, para,con los pedazos, hacer carreteras, caminos, para el transitar de sus máquinas de guerra. A él, lo salvó un naufragio, menos triste que su vida. El retorno le dio miedo; presentimiento. Alguien le dijo lo que nunca creyó. Dedicado a reconstruir su patria; trabajaba hasta el olvido que se negaba. Sin hablar con nadie, murmuraba el nombre a cada golpe de marro. Muchos dijeron, como siempre:está loco. Él, en las noches de luna y sin ella, después de la labor,  buscaba entre los caminos: en cada puente, acueducto, en cada paso, en cada ruta;las palabras del calendario de Harmonía. Pasaron muchos inviernos y caminos, muchos, ¿qué es el tiempo?  Un día, él, casi derrotado, tomó una roca para arrojarla a la mar injusta e inocente. Notó que la piedra no era lisa. Sus dedos leyeron entre las cicatrices del mineral:te quiero.”-
El viejo recogió el silencio. Sin mirarme, se alejó despacio mientras acariciaba la roca del  amor que buscaba entre las piedras humedecidas por la mar adriática; un calendario.
Escuché un rugido.

Jorge Rodríguez.



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