Blues.
Salió del trabajo, como siempre, a las seis en punto de la tarde. Mientras
caminaba hacia su casa, recibió el golpe de la llamada telefónica. El temblor
la llevó a recargarse en una esquina; la rabia no impidió que las lágrimas la
mojaran. Se oyó decir: -Sí, estoy bien, me torcí el pie, no es nada- ante la
pregunta de un anciano amable. Recordó el presentimiento que le provocó Koko
Taylor, cuando, en la mañana durante el baño, la oyó cantar desde el aparato de
música: I´d rather go blind. No, yo no
preferiría estar ciega- se había dicho con una sonrisa, mientras la toalla aliviaba
la humedad de su cabello. Sin embargo,el desayuno le había descubierto sabores
rotos. Un gato, indiferente, la miró
recargada en esa esquina derruida. Resopló, siguió el camino conocido; ahora
tan distinto; tan doloroso, tan gris. Entró en el bar que se atravesó en su
rabia. Pidió un trago mientras sus manos tocaban la tabla enorme, que,
brillante, le recordó el origen del nombre de esos lugares; siempre había sido
curiosa: mi registro de conocimiento inútil- pensaba. Intentó sonreír, pero el whisky
ayudó al rencor. Al segundo trago se atrevió a mirar el enorme espejo que,
detrás de la barra la veía: ¡Romper una
relación por teléfono! ¡Eso sólo lo hace un mierda! - le contó el reflejo. Y la rabia reforzó la
herida: ¡por qué no me di cuenta que me acostaba con una porquería! Intentó
apagar un grito, pero algo salió de su garganta. Un hombre se acercó. - ¿Te
invitó un trago, te ves tan solita?- dijo. Ella, lo miró desde el fondo del
precipicio; el hombre se alejó asustado por ese dolor profundo. Pidió un tercer
whisky, pagó la cuenta, dejó el vaso lleno, intocado: - para Benny Moré- repitió
en su vieja ceremonia a la alegría. Salió del bar mientras las luces, la calle,
los autos y todo, lloraban. Caminó. Por
la memoria extraña, empezó a contar las rayas del piso que, de niña, le
divertían; era otro tiempo que ahora aparecía. El gato la miró, esta vez con
curiosidad. Una voz seguida de un golpe la arrastró a un callejón. Desde el
suelo, miró a la bestia que, mientras bajaba su pantalón,
ladraba: - ¡Ahora, vamos a ver si eres tan soberbia! ¡Puta!. Ella, probó la sangre de su boca, pensaba en las
trescientas doce líneas que había contado en el piso que ahora la abrigaba. La
bestia gritaba quién sabe qué cosas cuando ella sacó el revólver de su bolsa.
Disparó seis veces con los ojos cerrados. Cada uno de los estampidos la asustó.
Por fin, después de unos instantes, de un enorme tiempo, abrió la mirada: había
fallado cinco veces. La alcanzó el terror ante la mueca de la bestia que se
acercaba con las manos ensangrentadas aullando en la entrepierna mientras caía:
la sexta bala le había destrozado la herencia.
Laura, esperó para sentir el frío amable del suelo. Se levantó. Limpió
sus hermosas piernas. Acarició sus labios; la herida y la memoria. Caminó sin
mirar atrás. El gato la siguió unos metros, después, se distrajo con otra
sombra.
Jorge Rodríguez.
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