El señor Abraham Hernández era un músico de estirpe:
tres generaciones de violinistas lo antecedían. A sus cuarenta años sostenía a
una familia hasta cierto punto amable por medio de la música. Su interpretación
dominical del “Ave María” de Shubert, en la misa de las doce de la parroquia de
Ixtlahuacán de los Membrillos,le concitaba el respeto y la admiración, no sólo
de los feligreses del lugar, sino de la gente de los pueblos aledaños que,
conmovida, llenaba el templo, menos por la fe o el sermón, que por su sublime
interpretación. Durante la semana, tocaba lo mismo en bodas, quince años,
bautizos y fiestas de cumpleaños, que normalmente terminaban en la delegación
de policía ya que, como apuntó un escritor que nos define: los mexicanos no sabemos
divertirnos. A don Abraham,se le veía, más bien se le oía, acompañando a un
grupo de mariachis, a diferentes agrupaciones de música tropical, a cantantes de música vernácula y, los sábados,a
la seis en punto, se le podía escuchar, gratuitamente, en el parque central,
con su cuarteto de cuerdas “Harmonia”, que deleitaba las pacíficas tardes, con
los ecos de Lecuona, Manuel María Ponce, Brahms, Debussy, y algunos aires del genial Beethoven en
ocasiones especiales, cuando el peluquero (chelista) estaba de humor.
Se podría decir que Abraham había logrado la paz
anhelada desde su juventud, pero, ¡ay!, la serpiente anidaba en su entorno: “lo
que no quieres ver, en tu familia has de tener”. Nadie pudo imaginar que Issac,
el hijo primogénito de Abraham, que durante su infancia fue un niño amable,
tranquilo, “hasta inteligente” – decían, iba a transitar por los senderos de la
idiotez y la tragedia. Durante la adolescencia, Issac, decidió abrazar la
profesión de sus ancestros; después, por azares del destino, abandonó la música
y se dedicó a agredir, a torturar a su padre y a los vecinos, con un ruido
primitivo y soez. Las consecuencias nos alcanzan. En los días que cuento, Abraham,
notó las miradas reprobatorias de la gente mientras interpretaba el “Ave María”
en el templo de su consagración. Oía las voces apagadas que lo llevaban al
silencio, a la muerte civil; a la nada.
Una tremenda tarde se le requirió en la sacristía
después del “La misa ha terminado, vayamos en paz”. Ahí, en ese cuarto oscuro, la
voz colérica, casi sobrenatural, del cura Melchor, hizo que reflexionara: “¡Esto
no puede seguir así! ¡Por, Dios, Abraham! ¡Debes corregir a Issac, es un acto
de fe y sacrificio!”Nadie puede decir que el músico no lo intentó: habló con su
hijo; le gritó – contra su esencial repugnancia a la estridencia-, lo amenazó.
Los nulos resultados lo llevaron a una profunda depresión. Después, por supuesto, la maledicencia y la
calumnia acusaron a Abraham de golpear brutalmente, mientras estaba borracho, a
su hijo Issac en la cabeza (el músico sólo bebía rompope) y por ello el
trastorno del muchacho.
Pasaron
meses, cada vez era más difícil encontrar un compás donde su violín cantara, donde
conseguir el pan para llevar a casa: los sábados lo empezaron a olvidar. La
gente lo ninguneaba: era invisible; peor, al músico nadie lo quería escuchar. Y
la voz, la voz, le repicaba en cada pentagrama, en cada nota que soñaba: “¡Por,
Dios, Abraham! ¡Debes corregir a Issac, es un acto de fe y sacrificio!” “¡Por,
Dios, Abraham! ¡Debes corregir a Issac, es un acto de fe y sacrificio!”.
Una malhadada noche, mientras Issac, desde su habitación,
perpetraba otro reguetón infame, otro ruido igual; Abraham,desmontó una cuerda
de su violín, irrumpió en el cuarto de su hijo, y lo empezó a ahorcar. Él,
lector del Libro,esperaba que una voz lo detuviera, ¡que no podía matar a su
hijo!, que el Señor lo llamaría a la cordura. Apretó y apretó la cuerda del
violín y nada, nada, nada; ninguna voz le habló, nadie le impedía el homicidio.
Mientras Issac daba su último estertor, y aunque los caminos de Aquél son
ineluctables: Abraham, en medio de la tragedia, del crimen, sin temor:se supo en
paz;comprendió que Dios también odia el reguetón.
Jorge Rodríguez.
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