Asterión
Hace años la imprudencia me llevó a pensar en el
Laberinto. No sabía. Caminé entre libros para entender ese río, esa curiosidad.
Supe del castigo a un rey por su soberbia, otra forma del engaño, y el encierro
de un inocente: el Minotauro. Las palabras, el mito, me llevaron al asesinato de
ese ser imposible, encerrado entre miles de caminos, por un supuesto héroe:
Teseo. La historia es formidable, pero, había un algo que no me gustaba; una
duda. Esa que siempre está en mis venas,
la que siempre me revuelve. No entiendo porqué soy así. No sé de causas, pero
un libro, Juan José Arreola, me explicó cierta razón: “Cuando hay un duelo,
siempre estoy con el que cae”. Así que anduve mascando la duda durante años
hasta que un Julio, más importante que 31 días, me regaló su obra de teatro:
“Los Reyes”. Como siempre, Cortázar, me develó la urgencia de la realidad que
sueña: al Minotauro no lo mata Teseo; muere por amor; otro laberinto.
Seguí, imprudente. Supe de varios laberintos
atroces: la línea recta con sus puntos infinitos; el desierto sin paredes;
aquél, que en el centro, si llegas, encuentras un espejo atroz; los amores
contrariados. Busqué entre libros, dibujos, ruinas, tatuajes en rocas inmisericordes,
en estatuas, palabras olvidadas; el porqué del misterio, de esa curiosidad que
nos avanza.
Busqué y
busqué tanto que, de tanto hacerlo, el laberinto me encontró.Supe. Ahí estaba,
en medio del todo que es la nada; la repetición, la fotografía cotidiana que
seca vidas. Abrumado, triste, sin razón prudente, me carcomían las paredes
infinitas sin puertas, sin tardes, sin la mirada de una mujer; sin hogar.
Caminaba entre muros pintarrajeados de golpes, de mentiras, de bulas, de falsas
y cómodas alegrías, de alimentos detenidos, de bondades carcelarias, de miradas
grises. Sé que en varios momentos mi laberinto se alegraba cuando oía en mi
despertar: no puedo más. Pero anoche, con un viento profundo: llovía despacio,
el silencio enamoraba; el olor de la tierra mojada
despertóel recuerdo de tus ojos;retumbó: -¿Qué haces ahí, carajo?- escuché- ¡Sal!-El
laberinto gritó, derruido, mientras se tragaba sus caminos cerrados, sus muros,
sus angustias solitarias;salí a la noche, la lluvia era continua. Caminé entre
sus ruinas, entre sus motivos apagados, entre el lodo de sus formas
desaparecidas. La oscuridad apretaba, pero era distinta, libre. Saqué tu luz de
mi memoria para alumbrar el camino y, solo, con una soledad contenta, di mis
primeros pasos sin muros; hacia donde no sé todavía, hacia un por venir.
Jorge Rodríguez.
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