Amazonas

             “Gracias a la vida que me ha dado tanto.                      Me ha dado la marcha de mis pies                              cansados”.                                                                                                              Violeta Parra.

Caminaban casi siempre por las noches, para distinguir las brasas del camino y para no mirar la tristeza del páramo humeante y casi inagotable. Había transcurrido mucho tiempo, aunque esa noción ya no importaba, desde que la mujer y sus dos hijas habían huido del horror. - ¿Pero a dónde?- pensó ella al principio de la destrucción –No importa a dónde; lo importante es escapar -. Entre el humo, el calor y la oscuridad del sol, habían recogido a dos niñas de siete y once años – mudas por el espanto- ; a una mona capuchina con su cría de escasos meses –cuyos enormes y asustados ojos reflejaban lo que nunca hay que olvidar-;a un ave de plumaje verde y amarillo, que caminaba con pequeños saltos con el ala entablillada por Sofía, la hija mayor, que a sus trece años la miraba con piedad–Nunca más en una jaula, lo prometo-  le cantaba; a un perro, alguna vez blanco que, a pesar de las quemaduras en sus patas, removía la tierra hirviente para encontrar raíces, a veces papas, frutos y algún roedor desprevenido, que detenían el hambre de aquellas sobrevivientes.En las madrugadas, al clarear – aunque la palabra es absurda ante la grisura hostil del humeante día-, la mujer, Celia, decía: - Descansemos, es necesario dormir. Voy a revisar el mapa- mientras se alejaba para llorar con la rabia paciente de las guerreras. Se preguntaba ¿por qué nadie escuchó? ¡Por qué, carajo, nos tardamos tanto! ¿Por qué no vimos el incendio que ya nos quemaba? ¿Por qué no usamos las herramientas?   Ella, hija de los humillados de la tierra, sabía de qué hablaba. Sobreviviente, buscaba en esas madrugadas en el mapa; no era una cartografía complicada: era una estrella, sencilla que, a veces le hablaba: “Es por aquí.”–Tanto humo me ha vuelto loca- alcanzaba a sonreír en medio de la nada. Después, se recostaba entre su nueva familia, dormía unos instantes. La despertaba la mona capuchina con esos ojos gratos que le nombraban el amor en medio de la destrucción de todo. Cada una y todas sabían su tarea: recoger lo que escarbaba el perro, traer el agua caliente del enorme río que vadeaban y, lo más importante, a pesar del incendio: tejer sueños despiertas.  A veces, ante la tremenda visión del páramo, un espantoso silencio las atrapaba en la tristeza; pero el ave con su ala rota bailaba dando brincos:sonreían;y ellas, todas, ellas, tensaban el arco y preparaban la flecha de la vida. Emprendían el camino; trazaban uno nuevo, acaso imposible.                                                      
Nadie sabe dónde empezó el incendio ni en que bestial tarde se planeó quemar la savia, el espíritu del bosque,la paciente labor de los días; sin que los asesinos comprendieran su suicidio – estúpidos-. Tampoco de qué rencor, de qué odio, partió la masacre de  árboles memoriosos, del canto pajarero, del ulular del viento amoroso de la selvas; la medicina de las flores; el vuelo del colibrí; el rumor de la lluvia y sus colores; el sonido alegre de un delfín rosado; el embrujo del silencio de la madera que canta: la paciencia infinita del pulso de la resistencia. – Ya no importa- pensaba Celia. Luego, en el camino, se revolvía encabronada, se gritaba: -¡La memoria, la memoria! – Mamá, ¿qué te pasa?- Nada, no pasa nada, Sofía, ya sabes que a veces hablo sola y digo tonterías-  mientras las dos sonreían ante esa cordial mentira. Caminaban. Los días y noches ya no tenían diferencia, todo era igual, la quemazón rodeaba todo con la fétida presencia de la muerte que las perseguía, inclemente. Cientos, miles de kilómetros, formaban parte de la enorme hoguera. Ellas, seguían la lucha: caminaban, caían, se limpiaban la vergüenza y caminaban. Una madrugada, el perro ladró;el ave saltaba, saltaba; las niñas miraban el asombro; las capuchinas emitían pequeños gritos; una melodía soñaba.  Celia, olio esa sensación que nadie sabe y todos sabemos: la mar. La extraña familia de combatientes se acercó; la playa no dolía, era fresca. Una ola envolvió sus pies que olvidaron las quemaduras y la sombra de la derrota. Miraron. Ahí estaba. Ahí estaba, en medio de la mar:  la estrella; llena de raíces, tallos, ramas, hojas, frutos y pájaros que adivinaban mañana. Miraron el azul que casi olvidan. Miraron.Mientras escuchaban las voces de la pequeña barcaza que anunciaba su rescate, Sofía, recogió un libro chamuscado que trajo un remolino; sólo unas letras se podían leer; acaso las últimas en ese bosque devastado por la sin razón:“Hoy es siempre todavía”.    
  La niña apenas tuvo tiempo de guardar la página, el talismán, porque la mona capuchina, su cría y todas, saltaron sobre ella para fundirse en un abrazo sencillo; necesario. A lo lejos, vieron la espalda de la muerte: habían ganado una batalla por la vida, Noel; por la vida.
Jorge Rodríguez.

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