Afonía.
“People talking without speaking, people hearing without listening” Simon & Garfunkel.
Bajamos, después de muchos años. Con miedo plantamos
nuestros pies en la tierra en un instante diferente. Vimos, levantados, la
mirada otra de los bosques, de las flores, de los ríos, de las estrellas, del
amanecer con la magia de sus madrugadas; acaso de la mar. Ahí, desde ese lugar del que partimos, alguno
inventó la primera palabra para saber qué somos: nos reconocimos. Se balbucearon
sonidos: tú, yo: nosotros. Observamos la
naturaleza con su alimento, sus alegrías y sus tristezas que, sin saber, nos
regalaba. Fuimos parte de la piel del sol. Tuvimos miedo, siempre fuimos
débiles: jamás corrimos como un venado, nunca tuvimos la fuerza del colmillo
del león ni la agudeza del pájaro, que,
envidiosos, veíamos volar. El temor nos reunió para protegernos. Por las
noches, junto al calor de algo que alguien descubrió, conversábamos sobre ese
techo maravilloso que nos cobijaba y nos cobija: el Universo que nos decía: ¿
hay algo más?Un buen día, domingo –el día del sol-, la curiosidad ante la
pregunta nos impulsó a pensar. Libres, sin inutilidades como televisores,
veinte pares de zapatos, autos, fotografías diarias, maquillajes, el espanto de la muerte, camas, la
banalidad de la queja constante, del poder, dinero y
presagios; decidimos partir. Ahí, desde África, casi sin equipaje, nos tomamos
la libertad – esa palabra que no existía, pero estaba- de emigrar para
asombrarnos del sendero. Contentos y temerosos - así se descubrió el amor-
caminamos. Descubrimos el frío, las tempestades, los desiertos, las montañas,
la luna amorosa, los bosques imposibles, la lucha por sobrevivir, el alimento y
la compañía entre nosotros –que es lo
mismo y es igual- mientras se nos aparecían los sueños; ese territorio en que
también somos migrantes. No fue fácil, cada jornada era tremenda, pero, en las
noches, en el descanso, junto al fuego,
la palabra maduraba. Y nos refrescó la alegría de ser parte de todo, de viajar,
de saber que somos migrantes. Así, en esas conversaciones, sin saber aún de
agricultura, esa voces nocturnas cosecharon un fruto: la poesía; y, entonces,
fuimos más; otra forma de nosotros. Y esas palabras unidas, que rimaban para
que la memoria no las olvidara, nos impulsó a migrar otra vez. A descubrir la
maravilla, continentes, pero también para olvidar el hambre. Descubrimos con
asombro las voces de los ríos, del reto de la nieve en esa vasta montaña, de la
curiosidad con su risa infantil, de las aves que, compañeras de migración, nos
saludaban; de la sonrisa del delfín, del colibrí –color de la mañana-, de la
mar – ese libro inagotable-, de la soledad del lobo viejo. El tiempo.
Construimos varias alegrías y muchas desgracias,
pero seguimos migrando: para conocernos, para ayudarnos, para descubrir el
universo; como en el origen ante el miedo del no saber. Caminamos con el
asombro de la aurora boreal, con el de un pequeño agujero en la tierra que
nutren las hormigas; Ahora, las aves, los peces, las montañas, la luna, las
estrellas, las aguas de todos los lugares, no comprenden. Ellos, admiraban
nuestras palabras, nuestra curiosidad sin odio. Hoy, un río amable que no sabe
de fronteras; furioso, irreconocible, grita, reclama; al ver a un niño muerto,
migrante, del Salvador, ahogado por la ferocidad de una moneda, junto a sus
aguas, junto a sus aguas de luz: “Hagan algo, hagan algo”. Pero- el tiempoy lo que somos-; después de su
rugido, el Río Bravo, sólo escucha los sonidos del silencio.
Jorge Rodríguez.
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